Calidad e inclusión, dos prioridades para nuestra educación

Cuando me dirijo a mis allegados siempre insisto en alcanzar la excelencia como una virtud que nos obliga a ser cada día más eficientes y competitivos. Si hablamos de excelencia empresarial, puedo decir que me identifico plenamente con sus supuestos hacia una gestión basada en liderazgo y revisión constante de procesos.

Sin embargo, cuando trato el tema de educación, prefiero hablar de calidad educativa porque entre sus atributos esta la inclusión, que conduce a la igualdad. De hecho, es el término que utiliza la Unesco en sus documentos  de Educación para Todos (EPT)

La calidad educativa, aunque esté relacionada con la excelencia, supone la adecuación a la realidad y a las necesidades de cada estudiante; capacidades, situación socioeconómica, vocación y prospectiva hacia el porvenir. Su aplicación representa parte del compromiso mundial EPT cuando propone “Mejorar todos los aspectos cualitativos de la educación, garantizando los parámetros más elevados, para conseguir resultados de aprendizaje reconocidos y mensurables, especialmente en lectura, escritura, aritmética y competencias prácticas”.

Viéndolo así, la calidad de la educación implica un gran esfuerzo para mejorar ciertos factores que  inciden en ese cometido, entre ellos, la condición integral de los alumnos (salud, nutrición, situación socio-afectiva, familiar, etc.) la preparación de los docentes y los métodos educativos empleados para el proceso enseñanza-aprendizaje.

Como profesional y empresario venezolano, que vive e invierte en esta tierra, y que está convencido de que la educación masiva y de calidad es la llave maestra para superar nuestras dificultades como país, asumo el compromiso de apoyar a las nuevas generaciones en formación a través de programas de Compromiso Social Empresarial (CSE) tales como “Una Carrera por el Futuro” y “Para que los niños vean un futuro mejor”, impulsados a través de Seguros La Vitalicia y dirigidos a estudiantes de educación primaria y media de bajos recursos.

Hace unos días vivimos una grata experiencia con los becarios de la Asociación Civil Buena Voluntad, una ONG dedicada a formar para el trabajo digno e inclusivo a decenas de jóvenes con diversos tipos y grados de discapacidad, que acudieron a nuestros talleres de formación integral como complemento a una ayuda económica que se está otorgando. Ellos son parte de los 300 estudiantes que solo en este año se han beneficiado de lo que considero un modesto pero oportuno incentivo para que mantengan sus altos promedios de notas y se enfilen hacia otros retos académicos que les permita superar la pobreza.

En el segundo programa, hemos optado por celebrar una alianza con el gobierno local del municipio Sucre para apoyar la promoción de la lectura como práctica indispensable en el desarrollo cognitivo de los niños y con ello mejorar la calidad de la educación, a través de la capacitación y sensibilización de los docentes, la creación de clubes y actividades lúdicas en torno a los libros, así como la evaluación visual y la donación de lentes formulados para quien los necesite en esas comunidades educativas.

Probablemente hay quien piense que este tipo de contribuciones son insuficientes para ese enorme reto de mejorar la educación pública y gratuita. Pero estoy seguro que nuestra acción social no solo impactará favorablemente en esos núcleos familiares, educativos y comunitarios, sino también en gran cantidad de empresas y demás organizaciones públicas y privadas que también podrán sumarse a esta tarea.

Por eso insisto en afirmar que invertir en la educación de los jóvenes es apostarle al futuro de nuestro gran país.

 

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